Pasé las Pascuas en una hermosa isla en el archipiélago de Estocolmo.
Antes de ayer amaneció nevando. Grandes copos se lanzaban en paracaídas.
Los pinos se vestían con calcetines blancos, antes de que el sol
los derritiera.
Prendimos una fogata y nos hicimos los boludos, como si
la nieve desapareciera si no le das bola.
Y parece que funcionó. Dejó de nevar por la tarde y prendimos
el sauna, al lado del mar.
Los suecos le gusta exponer sus cuerpos a situaciones extremas.
Y tienen una frase que sintetiza esta mentalidad masoquista:
”Åh, det är skönt att känna att man lever!”
”Qué lindo sentir que uno está vivo!”
Cómo si no lo sintieran en circunstancias normales.
Por eso han desarrollado una serie de rutinas dolorosas
para comprobar y recordar su vitalidad.
Es así que se encierran en el sauna, cuya temperatura ronda
los 80 grados. Ahí toman cerveza, transpiran hasta el alma
y cuándo no dan más, no se les ocurre nada mejor que salir en bolas y… tirarse al agua!
El viernes hacía 0 grados en el aire – lo sé porque había
escarcha sobre la tierra.
Un viento norte actuaba como amplificador de frio.
Y la temperatura del agua no superaba los 4 (!) grados.
Así fue que salí corriendo del sauna, cuidando de no resbalarme
en el agua congelada sobre el muelle, con los huevos que
se chocaban como cubitos de hielo en un vaso de whiskey
on the rocks y sin pensarlo - porque si lo pensás no lo hacés -
me tiré al agua.
Amigos… hay experiencias que las palabras no pueden transmitir.
Lo único que les puedo decir que en el momento en el que mi
cuerpo se hundía en el agua oscura y helada, traté de gritar.
Les juro, quise maldecir todo el universo.
Quise propinarme las peores puteadas, por dejarme convencer;
por caer en ese desafío machista estúpido de siempre tener que demostrar guapeza. Pero no pude.
Descubrí que existe un frío que te quita hasta el habla.
Te despalabra.
Me salían unos sonidos guturales, no del todo humanos.
No estuve más de cinco segundos en el agua, pero salí titiritando
como un paciente con mal de Parkinson en pleno ataque epiléptico.
Me contaba un colimba sueco que en el servicio militar le hacían hacer
este tipo de ejercicio y para permitirles subir del agua, tenían que pronunciar claramente:
”Capitán, Ezpeleta solicita permiso para retirarse del agua.
Le ruego que se lo conceda”.
Si se le trababa la lengua, se equivocaba o no lo pronunciaba bien,
se tenía que volver a sumergir en las aguas heladas de los mares
nórdicos. Esto milicos hijos de puta son iguales en todas partes.
Pero fue en ese momento, cuando amagaba con subirme al muelle
que descubrí cuál era el verdadero desafío a mi masculinidad.
No era, como había pensado, soportar el calor dantesco del sauna;
tampoco sumergir mi cuerpo en el agua helada.
No, amigos, nada que ver. Eso eran cortinas de humo para ocultar
el verdadero propósito, que mis anfitriones suecos me habían
mantenido oculto.
Porque es cuando salgo del agua, orgulloso de haberle ganado
una pulseada a la muerte, que veo mi mutilación genital.
Ahí dónde solían estar mis genitales, no había casi nada.
A lo sumo una intención genital.
Encima del escroto – porque a esta altura los testículos se
hospedaban en la garganta y, los muy cobardes, se hacían
pasar por amígdalas – salía un disimulado y arrugado sorbete.
Repito: Un pre-pito.
La sensación fue surrealista:
La puta madre que lo parió, me salió una concha!
Y esa repentina feminización me hizo congelar el alma -
como si no fuese suficiente el frío que tenía!
Según los suecos, esto es bueno para la salud.
Yo tengo otra formación sanitaria, la cuál me ha enseñado
que lo bueno para la salud agranda el pito, no lo encoge!
Pero ya estaba jugado. Salí del agua, con la frente en alto,
como si fuese lo más natural del mundo, y caminé tranquilo
por el muelle, con mi clítoris inflamado entre las piernas.
Ahí agarré mi toalla y me tapé.
Un viejo me miraba. O al menos eso sentí.
E instintivamente, como asumiendo mi nueva condición sexual,
no me até la toalla en la cintura, sino debajo de las axilas.
Y con una sensación de asco pensé:
- Hace un minuto que soy mujer y ya hay un viejo verde
mirándome las tetas!





